Persuasión
Persuasión ¡Cambiada hasta el punto de no reconocerla! Anne sintió un dolor profundo. Así era, sin duda, y ni siquiera podía vengarse, porque si él había cambiado, no había sido para peor. Ya se lo había dicho a sí misma, y no podía pensar de otro modo, cualquiera que fuese la opinión que él se hubiese formado de ella. Decididamente, los años, que a ella le habían arrebatado la juventud y la lozanía, a Frederick le habían dado un aspecto más varonil sin menoscabo de una sola de sus virtudes personales. Aquel era el mismo Frederick Wentworth de siempre.
¡Tan cambiada que no la habría reconocido! No podía borrar de su mente aquellas palabras. Pero no tardó en alegrarse de haberlas oído. Poseían una virtud sedante: templaban su agitación, ordenaban sus sentimientos y acabarían, por tanto, haciéndola más feliz.
Frederick Wentworth había empleado aquella frase, u otra parecida, sin sospechar que llegaría hasta ella. La encontró cambiada, en efecto, y en el primer momento dijo lo que sentía. No había perdonado a Anne Elliot. Ella lo había tratado muy duramente, lo había abandonado y defraudado; más aún, al hacerlo había demostrado una debilidad de carácter que su temperamento resuelto y optimista no podía soportar. Bajo el poder de una excesiva docilidad de persuasión, lo había dejado por obedecer a otra persona. Había sido una actitud tímida y pusilánime por su parte.