Sentido y sensibilidad

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—Has dicho lo mismo —replicó Elinor— casi todos los días desde la primera vez que se vieron en la colina de la iglesia; y creo que no llevaban una semana de conocerse cuando ya estabas segura de que Marianne llevaba el retrato de él alrededor del cuello; pero resultó que tan sólo era la miniatura de nuestro tío abuelo.

—Pero esto es algo de verdad diferente. Estoy segura de que se casarán muy luego, porque él tiene un rizo de su pelo.

—Ten cuidado, Margaret. Puede que sólo sea el pelo de un tío abuelo de él.

—Pero, Elinor, de verdad es de Marianne. Estoy casi segura de que lo es, porque lo vi cuando se lo cortaba. Anoche después del té, cuando tú y mamá salieron de la pieza, estaban cuchicheando y hablando entre ellos muy rápido, y parecía que él le estaba rogando algo, y ahí él tomó las tijeras de ella y le cortó un mechón de pelo largo, porque tenía todo el cabello suelto a la espalda; y él lo besó, y lo envolvió en un pedazo de papel blanco y lo metió en su cartera.

Elinor no pudo menos que dar crédito a todos estos pormenores, dichos con tal autoridad; tampoco se sentía inclinada a hacerlo, porque la circunstancia relatada concordaba perfectamente con lo que ella misma había escuchado y visto.


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