Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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Sintió la señora Dashwood de manera tan aguda este descortés proceder, y tan intenso desdén hacia su nuera le produjo, que a la llegada de esta última habría abandonado la casa para siempre de no haber sido porque, primero, la súplica de su hija mayor la llevó a reflexionar sobre la conveniencia de hacerlo; y, más tarde, por el tierno amor que sentía por sus tres hijas, que la decidió a quedarse y por ellas evitar una ruptura con el hermano.

Elinor, esta hija mayor cuya recomendación había sido tan eficaz, poseía una solidez de entendimiento y serenidad de juicio que la calificaban, aunque con sólo diecinueve años, para aconsejar a su madre, y a menudo le permitían contrarrestar, para beneficio de toda la familia, esa vehemencia de espíritu en la señora Dashwood que tantas veces pudo llevarla a la imprudencia. Era de gran corazón, de carácter afectuoso y sentimientos profundos. Pero sabía cómo gobernarlos: algo que su madre todavía estaba por aprender, y que una de sus hermanas había resuelto que nunca se le enseñara.

Las cualidades de Marianne estaban, en muchos aspectos, a la par de las de Elinor. Tenía inteligencia y buen juicio, pero era vehemente en todo; ni sus penas ni sus alegrías conocían la moderación. Era generosa, amable, atrayente: era todo, menos prudente. La semejanza entre ella y su madre era notable.


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