Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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—¡Cuán a menudo deseé —añadió el joven—, cuando estuve en Allenham hace un año ya, que la casita de Barton estuviese habitada! Nunca pasé por sus alrededores sin admirar su ubicación, y lamentando que nadie viviera en ella. ¡Cuán poco me imaginaba en ese entonces que las primeras nuevas que escucharía a la señora Smith, cuando recién llegué a la región, serían que la casita de Barton estaba ocupada! Y sentí una instantánea satisfacción e interés por ese hecho, que nada podría explicar sino una especie de premonición de la felicidad que aquí encontraría. ¿No es así como debió ocurrir, Marianne? —le dijo en voz más queda. Y luego, retomando su tono anterior, continuó—: ¡Y aun así, señora Dashwood, usted querría arruinar esta casa! ¡La despojaría de su sencillez con mejoras imaginarias! Y esta querida salita, en que comenzó nuestro encuentro y en la cual desde entonces hemos compartido tantas horas felices, se vería degradada a la condición de un vulgar recibo y todos se apresurarían entonces a simplemente pasar por él, por esta habitación que hasta ese momento habría contenido en su interior más facilidades y comodidades que ningún otro aposento de las más amplias dimensiones que el mundo pudiera permitirse.

La señora Dashwood le aseguró nuevamente que no se llevaría a cabo ninguna transformación como las por él mencionadas.


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