Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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La tarde transcurrió en igual abandono a los sentimientos. Volvió a tocar cada una de las canciones que le gustaban y que solía tocar para Willoughby, cada aire en el que con más frecuencia se habían unido sus voces, y permaneció sentada ante el instrumento contemplando cada línea de música que él había copiado para ella, hasta que fue tan grande el pesar de su corazón que ya no podía alcanzarse tristeza mayor; y día a día se esforzó en nutrir así su dolor. Pasaba horas completas al piano alternando cantos y llantos, a menudo con la voz totalmente ahogada por las lágrimas. También en los libros, al igual que en la música, cortejaba la desdicha que con toda certeza podía obtener de la confrontación entre el pasado y el presente. No leía nada sino lo que solían leer juntos.

Tan ardiente congoja de ninguna manera podía sostenerse para siempre; a los pocos días se sumió en una más tranquila melancolía; pero las ocupaciones a que se entregaba diariamente —sus caminatas solitarias y silenciosas meditaciones—, aún daban pie a ocasionales efluvios de dolor tan intensos como antes.

No llegó ninguna carta de Willoughby, y no parecía que Marianne esperara ninguna. Su madre estaba sorprendida y Elinor nuevamente se fue inquietando. Pero la señora Dashwood era capaz de encontrar explicaciones siempre que le eran necesarias, lo que calmaba al menos su preocupación.


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