Sentido y sensibilidad

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Fueron las jóvenes, y lady Middleton se vio felizmente a salvo de la terrible soledad que la había amenazado. La reunión transcurrió tan insulsa como había previsto Elinor; no produjo ni una sola idea o expresión novedosa, y nada pudo ser menos interesante que la totalidad de la conversación tanto en el comedor como en la sala; los niños las acompañaron a esta última, y mientras ellos permanecían allí, era demasiado evidente la imposibilidad de atraer la atención de Lucy como para intentarlo. Sólo se marcharon cuando retiraron las cosas del té. Se colocó entonces la mesa para jugar a los naipes, y Elinor comenzó a preguntarse cómo había podido tener la esperanza de que iba a encontrar tiempo para conversar en la finca. Todas se levantaron, preparándose para una partida de cartas.

—Me alegro —le dijo lady Middleton a Lucy— de que no vaya a terminar la canastilla de mi pobrecita Annamaria esta noche, porque estoy segura de que le dañaría los ojos hacer trabajos de filigrana a la luz de las velas. Y ya encontraremos mañana cómo compensar la desilusión de mi preciosa chiquita y, así, espero que no le va a importar demasiado.

Bastó con esta insinuación; Lucy volvió a sus cabales de manera instantánea y replicó:


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