Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad En un tono firme, aunque cauteloso, Elinor comenzó así:
—No sería merecedora de la confidencia de que me ha hecho depositaria si no deseara prolongarla, o no sintiera mayor curiosidad sobre ese tema. No me disculparé, entonces, por traerlo nuevamente a colación.
—Gracias —exclamó Lucy cálidamente— por romper el hielo; con ello me ha tranquilizado el corazón, pues temía haberla ofendido de alguna manera con lo que le dije el lunes.
—¡Ofenderme! ¿Cómo pudo pensar tal cosa? Créame —y Elinor habló con total sinceridad—, nada podría estar más ajeno a mi voluntad que producirle tal idea. ¿Acaso pudo haber un motivo tras su confianza que no fuera honesto y halagador para mi?
—Y, sin embargo, le aseguro —replicó Lucy, sus ojillos agudos cargados de intención—, me pareció percibir una frialdad y disgusto en su trato que me hizo sentir muy incómoda. Estaba segura de que se habría enojado conmigo; y desde entonces me he reprochado por haberme tomado la libertad de preocuparla con mis asuntos. Pero me alegra enormemente descubrir que era sólo mi imaginación, y que usted no me culpa por ello. Si supiera qué gran consuelo, qué alivio para mi corazón fue hablarle de aquello en que siempre, cada instante de mi vida, estoy pensando, estoy segura de que su compasión le haría pasar por alto todo lo demás.