Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad —Transcurrieron unos tres años después de este desdichado período, antes de que yo volviera a Inglaterra. Mi primera preocupación, cuando llegué, por supuesto fue buscarla. Pero la búsqueda fue tan infructuosa como triste. No pude rastrear sus pasos más allá del primero que la sedujo, y todo hacía temer que se había alejado de él sólo para hundirse más profundamente en una vida de pecado. Su asignación legal no se correspondía con su fortuna ni era suficiente para subsistir con algún bienestar, y supe por mi hermano que algunos meses atrás le había dado poder a otra persona para recibirla. Él se imaginaba, y tranquilamente podía imaginárselo, que el derroche, y la consecuente angustia, la habían obligado a disponer de su dinero para solucionar algún problema urgente. Finalmente, sin embargo, y cuando habían transcurrido seis meses desde mi llegada a Inglaterra, pude encontrarla. El interés por un antiguo criado que, después de haber dejado mi servicio, había caído en desgracia, me indujo a visitarlo en un lugar de detención donde lo habían recluido por deudas; y allí, en el mismo lugar, en igual reclusión, se encontraba mi infortunada hermana. ¡Tan cambiada, tan deslucida, desgastada por todo tipo de sufrimientos! A duras penas podía creer que la triste y enferma figura que tenía frente a mí fuera lo que quedaba de la adorable, floreciente, saludable muchacha de quien alguna vez había estado prendado. Cuánto dolor hube de soportar al verla así… pero no tengo derecho a herir sus sentimientos al intentar describirlo. Ya la he hecho sufrir demasiado. Que, según todas las apariencias, estaba en las últimas etapas de la tuberculosis, fue… sí, en tal situación fue mi mayor consuelo. Nada podía hacer ya la vida por ella, más allá de darle tiempo para mejor prepararse a morir; y eso se le concedió. Vi que tuviera un alojamiento confortable y con la atención necesaria; la visité a diario durante el resto de su corta vida: estuve a su lado en sus últimos momentos.