Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad —¡Santo Dios! —exclamó Elinor—. ¡Será posible! ¡PodrÃa ser que Willoughby…!
—Las primeras noticias que tuve de ella —continuó el coronel— me llegaron en una carta que ella misma me envió en octubre pasado. Me la remitieron desde Delaford y la recibà esa misma mañana en que pensábamos ir de excursión a Whitwell; y ésa fue la razón de mi tan repentina partida de Barton, que con toda seguridad en ese momento debe haber extrañado a todos y que, según creo, ofendió a algunos. Poco podÃa imaginar el señor Willoughby, me parece, cuando con su mirada me reprochó la falta de cortesÃa en que yo habrÃa incurrido al arruinar el paseo, que me solicitaban para prestar ayuda a alguien a quien él habÃa llevado miseria e infelicidad; pero si lo hubiera sabido, ¿de qué habrÃa servido? ¿HabrÃa estado menos alegre o sido menos feliz con las sonrisas de su hermana? No, ya habÃa hecho aquello que ningún hombre capaz de alguna compasión harÃa. ¡HabÃa abandonado a la niña cuya juventud e inocencia habÃa seducido, dejándola en una situación de máxima aflicción, sin un hogar respetable, sin ayuda, sin amigos, sin saber dónde encontrarlo! La habÃa abandonado, con la promesa de volver; ni escribió, ni volvió, ni la auxilió.
—¡Qué inconcebible! —exclamó Elinor.