Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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—¡Qué la traerá acá tan a menudo! —dijo Marianne en cuanto salió—. ¡Cómo no se daba cuenta de que queríamos que se fuera! ¡Qué fastidio para Edward!

—¿Y por qué? Todas somos amigas de él, y es a Lucy a quien ha conocido por más tiempo. Es natural que desee verla tanto como a nosotras.

Marianne la miró fijamente, y dijo:

—Sabes, Elinor, éste es el tipo de cosas que no soporto escuchar. Si lo dices nada más que para que alguien te contradiga, como imagino debe ser el caso, debieras recordar que yo sería la última persona del mundo en hacerlo. No puedo rebajarme a que me saquen con engaños declaraciones que en verdad nadie desea.

Con esto abandonó la habitación, y Elinor no se atrevió a seguirla para decir algo más, pues atada como estaba por la promesa hecha a Lucy de guardar su secreto, no podía dar a Marianne ninguna información que pudiera convencerla; y por dolorosas que fueran las consecuencias de permitirle seguir en el error, estaba obligada a aceptarlas. Todo lo que podía esperar era que Edward no la expusiera a menudo, y tampoco se expusiera él, al sinsabor de tener que escuchar las desacertadas muestras de afecto de Marianne, y tampoco a la reiteración de ningún otro aspecto de las penurias que habían acompañado su último encuentro… y este último deseo, podía confiar plenamente en que se cumpliría.


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