Sentido y sensibilidad

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Ante esto, Marianne, en un arrebato de indignación, golpeó sus manos exclamando:

—¡Dios bendito! ¡Cómo es posible!

—Bien puede extrañarte, Marianne —replicó su hermano—, la obstinación capaz de resistir argumentos como ésos. Tu exclamación es absolutamente natural.

Marianne iba a replicar, pero recordó sus promesas, y se abstuvo.

—Todos estos esfuerzos, sin embargo —continuó él—, fueron en vano. Edward dijo muy poco; pero cuando habló, lo hizo de la manera más decidida. Nada podría convencerlo de renunciar a su compromiso. Cumpliría con él, sin importar el costo.

—Entonces —exclamó la señora Jennings con brusca sinceridad, incapaz de seguir guardando silencio—, ha actuado como un hombre honesto. Le ruego me perdone, señor Dashwood, pero si él hubiera hecho otra cosa, habría pensado que era un truhán. En algo me incumbe este asunto, al igual que a usted, porque Lucy Steele es prima mía, y creo que no hay mejor muchacha en el mundo, ni otra más merecedora de un buen esposo.

John Dashwood no cabía en sí de asombro; pero era tranquilo por naturaleza, poco dado a irritarse, y nunca tenía intenciones de ofender a nadie, en especial a nadie con dinero. Fue así que replicó, sin ningún resentimiento:


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