Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad El asombro de Elinor ante este encargo difícilmente habría sido mayor si el coronel en verdad le hubiera estado ofreciendo matrimonio. Tan sólo dos días atrás había pensado que Edward no tenía esperanza alguna de conseguir el cargo que le permitiría casarse, y ahora era suyo; ¡y ella, nada menos que ella, era la encargada de hacérselo saber! Su emoción fue grande, aunque la señora Jennings la hubiera atribuido a otra causa; y aun si en ella se mezclaban pequeños sentimientos menos puros, menos agradables, también sentía una enorme gratitud y aprecio, que expresó en cálidas palabras, por la general benevolencia y los especiales sentimientos de amistad que habían llevado al coronel a realizar ese gesto. Se lo agradeció de todo corazón, elogió ante él los principios y disposición de Edward de la manera en que creía se lo merecían, y prometió llevar a cabo el encargo con gran placer, si en verdad era su deseo dar a otra persona una tarea tan agradable. Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar pensar que nadie la cumpliría mejor que él. Era, en pocas palabras, una misión de la cual le habría gustado verse libre, por no infligir a Edward el dolor de recibir un favor de ella; pero el coronel Brandon, a quien guiaba idéntica delicadeza para preferir no hacerlo él mismo, parecía tan empeñado en que ella se hiciera cargo, que de ninguna manera quiso Elinor negarse. Pensaba que Edward aún se encontraba en la ciudad, y por fortuna le había escuchado su dirección a la señorita Steele. Podía, entonces, cumplir con informarlo ese mismo día. Tras haberse acordado esto, el coronel Brandon comenzó a hablar de las ventajas que para él representaba haber conseguido un vecino tan respetable y agradable; y fue entonces que lamentó que la casa fuera pequeña y de regular calidad, un problema al cual Elinor, tal como la señora Jennings supuso que había hecho, no dio mayor importancia, al menos en lo concerniente al tamaño de la vivienda.