Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad —La nota de Marianne, en que me decía que yo todavía le era tan querido como antes; que pese a las muchas, muchas semanas en que habíamos estado separados, ella seguía tan fiel en sus sentimientos y tan llena de confianza en la fidelidad de los míos como siempre, despertó todos mis remordimientos. Digo que los despertó, porque el tiempo y Londres, las ocupaciones y la disipación, de alguna manera los habían adormecido y me había estado transformando en un villano completamente endurecido, creyéndome indiferente a ella y eligiendo creer que también yo debía haberle llegado a ser indiferente; diciéndome que nuestra relación en el pasado no había sido más que un pasatiempo, un asunto trivial; encogiéndome de hombros como prueba de ello, y acallando todo reproche, venciendo todo escrúpulo con el recurso de decirme en silencio de vez en cuando, «Estaré feliz de todo corazón cuando la sepa bien casada». Pero su nota me hizo conocerme mejor. Sentí que me era infinitamente más querida que ninguna otra mujer en el mundo, y que me estaba comportando con ella de la manera más infame. Pero en ese momento ya todo estaba definido entre la señorita Grey y yo. Retroceder era imposible. Todo lo que tenía que hacer era evitarlas a ustedes dos. No le respondí a Marianne, intentando por ese medio impedir que volviera a reparar en mí; y durante algún tiempo incluso estuve decidido a no acudir a Berkeley Street; pero, por último, juzgando más sabio fingir que sólo se trataba de una relación fría y ordinaria, esperé una mañana a que hubieran salido de la casa y dejé mi tarjeta.