Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Durante un buen rato tras la partida de Willoughby, incluso después de haberse perdido en la distancia el ruido de su carruaje, Elinor permaneció demasiado abatida por un enjambre de ideas muy diferentes entre sí, pero cuyo resultado general era la tristeza, para ni siquiera pensar en su hermana.
Willoughby, el mismo a quien sólo hacía media hora había detestado como el más despreciable de los hombres; Willoughby, a pesar de todos sus defectos, despertaba en ella una conmiseración tal por los sufrimientos que esos mismos defectos habían producido, que ahora la hacían pensar en él, apartado para siempre de su familia, con una ternura, con una pena más proporcionadas, como pronto reconoció para sí misma, a sus deseos que a sus méritos. Sintió que su influencia sobre ella se veía incrementada por circunstancias que razonablemente no habrían debido pesar: por el poco común atractivo de su apariencia; por sus modales francos, afectuosos y vivaces, que no hay mérito en poseer; y por ese todavía fervoroso amor por Marianne, en el que ni siquiera era inocente complacerse. Pero sintió todo esto mucho, mucho antes de sentir debilitarse su influjo.
