Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Tan sólo en el coronel Brandon, entre todos sus nuevos conocidos, encontró Elinor una persona merecedora de algún grado de respeto por sus capacidades, cuya amistad interesara cultivar o que pudiera constituir una compañía placentera. Con Willoughby no podía contarse. Tenía él toda su admiración y afecto, incluso como hermana; pero era un enamorado: sus atenciones pertenecían por completo a Marianne, e incluso un hombre mucho menos entretenido que él podría haber sido en general más grato. El coronel Brandon, para su desgracia, no había sido alentado de la misma forma a pensar sólo en Marianne, y en sus conversaciones con Elinor encontró el mayor consuelo a la total indiferencia de su hermana.
La compasión de Elinor por él se hizo cada día mayor, pues tenía motivos para sospechar que ya había conocido las miserias de un amor desengañado. Se originó esta sospecha en algunas palabras que accidentalmente salieron de su boca una tarde en Barton Park, cuando por propia elección estaban sentados juntos mientras los otros bailaban. Miraba él fijamente a Marianne y, tras un silencio de algunos minutos, dijo con una casi imperceptible sonrisa:
—Su hermana, entiendo, no aprueba las segundas uniones.
—No —replicó Elinor—; sus opiniones son completamente románticas.