El rancho del crimen

El rancho del crimen

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—Usas tus “bolas”, “Miserias” —ordenó Pete—. Yo emplearé la cuerda. Nos es más útil un prisionero que un muerto.

Pero el bandido fue más cauteloso ahora. Se había agachado y trataba de llegar arrastrándose a colocarse al abrigo de algunos árboles. El lazo de Pete no podía alcanzarlo ahora, ni las bolas de “Miserias”.

Aquel hombre se encontraba ahora a cincuenta pies a la derecha del caballo muerto, cuando se incorporó de nuevo y echó a correr otra vez dando un rodeo bastante lejos del lugar de la pelea.

“Miserias” disparó un tiro bajo sobre él, pero, al parecer, escapó indemne en la obscuridad. No lanzó ningún grito y su figura continuó moviéndose en las tinieblas. El fuego por parte de los bandidos disminuía notablemente. Evidentemente, estaban en retirada. Los revólveres del trío de la Quebrada del buitre eran demasiado certeros para ellos.

Los comisarios eran unos tiradores admirables y habían concentrado su fuego en la dirección a los fogonazos más cercanos. Los gritos y las maldiciones les daban a entender que no todas las balas se perdían.

Pete decidió no darles caza. Aquellos hombres eran evidentemente mercenarios. Lo más probable es que aun en el caso de cogerlos pudieran decirle muy poco más de lo que él ya sabía.


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