El rancho del crimen
El rancho del crimen —¡Teeny! ¡”Miserias! —llamó el sheriff—. ¿Estáis ahí?
No obtuvo contestación. Entonces empuñó uno de sus 45 y apuntó al achaparrado donde oyera el crujido:
—¡Está usted copado, hombre! ¡Salga de ahí, pronto! —gritó con fuerza.
Tampoco ahora contestaron.
—¡Salga de ese achaparrado, o le haré salir a tiros! ¡Le doy dos segundos de tiempo! —vociferó de nuevo Pete, con voz autoritaria—. ¡Fuera con las manos arriba!
—¡Conformes! —contestó alguien desde el achaparrado—. ¡Pero no dispare! No estoy armado.
Se oyó otro crujido y un segundo después un hombre regular de estatura se mostró a la débil luz de la luna. Pete, ya en pie, le tenía encañonado.
—¡Levánte las manos! —volvió a gritar al desconocido.
—No puedo —contestó el amenazado—. ¿No puede ver por qué no puedo?
Cuando el sheriff dio unos pasos hacia aquel hombre, comprendió el por qué no le era dado obedecer sus órdenes. ¡Aquel hombre estaba esposado!