El rancho del crimen
El rancho del crimen Pete metió su revólver de la mano izquierda en la funda. Con el que empuñaba en la mano derecha continuó encañonando al esposado. Todo aquello podía ser sólo un truco. El esposado podía tener algún cómplice en aquellos alrededores.
Con la mano izquierda, buscó Pete una cerilla en su bolsillo y la encendió en la suela de su bota. La llama iluminó de cerca la cara del prisionero.
Era una cara flaca que hacía algunos días que no la habían afeitado. La piel era pastosa, como la de un hombre que hubiese estado recientemente en la cárcel. Los ojos tenían una expresión engañosa. Y, sin embargo, había algunos síntomas de energía en aquel rostro. La mandíbula y la barbilla eran cuadradas. Las facciones no denunciaban una vida crápula.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Pete.
El prisionero vaciló unos segundos.
—Lafe Hendricks —contestó al fin.
—¿De dónde se ha escapado usted?
Otra vez centelleó la astucia en los ojos de aquel hombre. La cerilla estaba consumiéndose ya y Pete la tiró al suelo.
—Me conducían desde la cárcel de Bittler Creek al penal de Hondo, cerca de la frontera. Muy poco antes de llegar a Hondo conseguí escaparme.
—¿Cuánto hace de eso?
—Tres días.