El rancho del crimen
El rancho del crimen Virginia estaba ya en ella. La muchacha pareció algo confusa al ver a Pete que se adelantaba hacia ella y apenas si acertó a indicarle una silla con un gesto.
—Después de usted, miss Virginia —dijo Pete, con su amplio sombrero en la mano, brillantes los ojos de gozo.
—¡Cómo, Smiley! —exclamó la muchacha, con asombro—. ¡Puede usted hablar como todo el mundo y, sin embargo...
Su intuición femenina la hizo comprender en el acto.
—¡Ahora lo comprendo! ¡Tonta de mÃ! —exclamó—, ¡yo que pensaba que Pistol Pete Rice me habÃa abandonado! ¡Usted no puede ser otro que Pete Rice!
—Ha acertado usted, miss Virginia —asintió Pete—. Creà que podÃa serle demás utilidad en el papel de sordomudo Smiley. No conseguà cuanto pretendÃa, pero...
—¡Estuvo usted maravilloso, sheriff! —le interrumpió la muchacha—. ¡Ahora lo comprendo! Usted se dejó caer desde el caballo en el charco de barro, a propósito. Me salvó usted de una experiencia terrible, pues hubiera llegado a casarme con Ramón Laredo.