El rancho del crimen
El rancho del crimen ¡Hogar! Eso había sido para Hal Wheeler el Slash C. Cuarenta años de su vida había pasado allí. No hubiese podido tener mayor interés por aquellas tierras de haber sido su propietario. Ya trabajaba allí al servicio de Jeb Calvert, cuando el Slash C. tenía sólo seiscientos cuarenta acres de tierra y setenta cabezas de ganado vacuno.
Fue Hal quien llevó la hacienda cuando el viejo Jeb exhaló el último suspiro. Su viuda cogió las riendas de la casa a su muerte, hasta que volvió a casarse. Ahora había muerto ella a su vez y su hija Virginia pasó a ser propietaria del rancho.
Fue el veterano Wheeler quién le enseñó a manejar su primer caballito. Él había vendado sus dedos magullados, y compuesto las cabezas rotas de sus muñecas. Había sido siempre para ella el “tío Hal”. Aun ahora que Virginia llegó a ser una mujer, convirtiéndose en la “gran patrona”.
Aquellos siete mil dólares eran para pagar una demanda judicial contra el rancho. Hecho este pago, el viejo vaquero entreveía un porvenir que se presentaba risueño y despejado para la muchacha.
Sabía Wheeler que a él no le quedaban ya muchos años de vida. No le tenía miedo a la muerte. Su única preocupación era que cuando llegase ese día el porvenir de la muchacha estuviese asegurado y el rancho a salvo de acreedores.
