El rancho del crimen

El rancho del crimen

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Teeny Butler, por su parte, llevaba también un arma original. En su mano derecha, del tamaño de un jamón, empuñaba el mango de un largo látigo de cuero, al que llamaba su “toro amaestrado”.

Este látigo era como una mano que tuviese un alcance de varios pies. Teeny lo empleaba con la misma seguridad que su 45, lanzándolo con rara precisión conseguía arrebatar un cuchillo o un revólver de la mano de un bandido. Un tirón seco arrancaba el arma, una vez enrollada la punta del látigo a la muñeca.

A unas tres millas de distancia del rancho los dos comisarios iniciaron la escalada de un monte arbolado. En el valle que se extendía bajo avanzaban a campo descubierto cinco jinetes, que se dirigían en línea recta hacia los dos representantes de la autoridad.

A unas pocas yardas de la cresta coronada de pinos los cinco hombres experimentaron una desagradable sorpresa. Los dos comisarios lanzaron una verdadera rociada de plomo sobre ellos; aunque diestros ambos en el manejo del revólver, procuraban que las balas no hicieran más que asustar a aquellos hombres.

Los recién llegados no eran cobardes y lanzaron agudos gritos de reto al mismo tiempo que empuñaban sus revólveres. La luz de la luna, dándoles de pleno, puso de manifiesto la honradez que se pintaba en sus facciones.


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