El rancho del crimen
El rancho del crimen El jinete que iba en la cabeza del grupo era un fornido hombretón de mediana edad con una barba a lo Van Dyck. Llevaba un traje elegante ciudadano y en toda su figura y en sus ademanes se adivinaba al hombre de posición y acostumbrado al mando.
—¡Cazadme a esos granujas, muchachos! —gritó—. ¡Son ladrones de ganado! No sirven para otra cosa que para carnada de buitres. Además no saben manejar un arma. ¡No son capaces de acertar a un burro a diez pasos de distancia!
Hicks “Miserias” dejó escapar un juramento de indignación. Había desmontado rápidamente y estaba oculto tras el tronco de un pino.
—¿Qué es eso? —gritó, a voz en cuello—. Voy a hacerle rectificar esa opinión en el acto. ¡Fíjese en esto, señor Barbas de Trigo! ¡Voy a hacerle un agujero a una pulgada por encima de la cinta de ese magnífico Stetson que lleva en la cabeza!
¡Crack!
Rotó una llamarada de la boca del cañón del revólver de “Miserias”. El sombrero dio un pequeño salto en la cabeza del jinete barbudo, pero no cayó al suelo.
—¡Pardiez! —exclamó otro de los jinetes, que estaba junto al jefe—, ¡lo ha hecho como lo ha dicho! ¡Ha agujereado su sombrero a una pulgada de la cinta!