El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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—¡No sé quién es tu amo, muchacho! —aulló, picando espuelas—; pero quienquiera que sea tiene perfecto derecho a enfadarse. ¡Está perdiendo un animal de primera para toda esta noche!

Slim Lather estaba haciendo correr a su caballo a toda la velocidad de que era capaz. Se mantenía, aproximadamente, al nivel de las monturas de los dos comisarios. Pete Rice contuvo levemente a Sonny. Se volvió hacia Latcher.

—¿Más cuatreros? —gritó.

—¡Qué cuatreros ni qué rayos! ¡Es algo más gordo que eso!

Sin acortar el paso de su caballo, Latcher rompió a hablar, excitado:

—Le voy a dar los detalles, sheriff. Desayuné en el rancho de Buckland, como usted sabe. Me quedé allí a pasar el día. Tomás tenía unas reses nuevas que quería que viese yo.

Torció, bruscamente a la derecha, salió de la carretera y tiró a campo traviesa, y en dirección a la Pradera de Puma Grande. Todos le siguieron, como atraídos por un imán. El ruido de las pisadas de los caballos se amortiguó al alejarse de la carretera.

—Me quedé a comer y a cenar, luego emprendí el camino de regreso. Tuerzan más a la derecha. Hacia la vía del ferrocarril.


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