El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —¡La vía del ferrocarril! —exclamó Pete.
Comprimió los labios. Estaba pensando en la dinamita robada. Sacó su enorme reloj de plata y consiguió formarse una idea aproximada de la hora acercándoselo a la cara. La noche era muy oscura.
Latcher movió, afirmativamente, la cabeza al ver que Pete consultaba el reloj.
—Lo ha adivinado usted, sheriff. El tiempo es lo único que puede vencernos. ¡Sé que van a asaltar el tren correo!
Slim prosiguió su relato espasmódicamente mientras los caballos cruzaban el campo a vertiginosa velocidad.
Después de cenar en el rancho de Buckland, había cabalgado hacia el Sudeste, en dirección al rancho Bar M, para ver una reses de raza que estaban en venta. Tomás Buckland le había preguntado qué opinaba de ellas.
El camino serpenteaba por la pradera cortada por varios bosques. Su caballo había asustado a un conejo que fue a meterse en el bosque. Slim se había apeado para ver si lograba cazarlo.