El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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El cocinero chino de Buckland sabía guisar el conejo de una forma que le gustaba mucho a Slim y éste tenía la intención de volver al rancho al día siguiente y llevarse aquel conejo si le era posible. Al llegar a la orilla del bosque, oyó voces. Dadas las circunstancias y el período que estaba atravesando el distrito de Rico, fue con cautela. Se agazapó entre los árboles hasta que obscureció del todo y luego siguió a las voces.

Por poco cayó muerto, dijo, al mirar por entre las ramas y ver seis o siete hombres cerca de un pequeño manantial que había en el centro del bosque.

—No me era posible ver muy bien-prosiguió —. La oscuridad era profunda; pero oí lo bastante para saber lo que tramaban. Parece ser que estaban esperando al tren. La vía pasa a unos centenares de metros al Este de allí.

«Miserias» soltó una exclamación y picó espuelas.

—¡Así, muchachos! —aprobó Pete—. ¡Tendremos que usar mucho las espuelas esta vez! ¡Rayos! ¡Si el tren ése llegara con un par de minutos siquiera de retraso!

—Siempre llega en punto —observó Slim, con pesimismo—. Me temo que no lograremos llegar a tiempo. ¿Qué hora es?

—Eran las diez y veinte aproximadamente cuando consulté el reloj, hace un momento —contestó Pete.


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