El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Pete pidió al Cielo que por lo menos le fuese concedida la satisfacción de luchar con los bandidos. Se olvidó de la superioridad numérica del adversario; se olvidó de todo salvo de que, allí delante, había unos asesinos y que era su obligación exterminarlos si no podía detenerlos. Llevaba sus revólveres de culata de nácar, en las manos ya. Estaba preparado para entrar en acción.

Y de pronto, vio una hilera de jinetes pasar por delante de la destrozada locomotora, y dirigirse hacia él. Hizo que Sonny fuera más aprisa aun. Corrió a su encuentro. Teeny, «Miserias» y Latcher no podían hallarse muy atrás. Los cuatro podrían, divinamente, con todos aquellos asesinos. Y estaba dispuesto él a arriesgarse hasta que llegaran sus compañeros.

Cabalgó como una furia vengadora. Estaba frío como el hielo ya. Tenía doce disparos en sus revólveres: Si la situación se hacía demasiado desesperada, podía saltar de su caballo, tenderse cuan largo era, y volver a cargar. Llevaba la canana llena.

Debía de haber hombres armados en los coches y, cuando empezara la lucha, seguramente se pondrían al lado de la Ley. Y Slim Latcher y sus comisarios no tardarían en llegar. Se hallaba casi a tiro cuando los bandidos le vieron. Cuatro de ellos cruzaban la vía delante de la locomotora, cabalgando hacia él.


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