El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Pete oyó tiroteo y dio gracias a Dios de que hubiera hombres del Oeste dispuestos a dar batalla por superiores que fueran las fuerzas enemigas. Se oían varios revólveres del 45. Y algunos de ellos, ó mucho se equivocaba, los estaban disparando los pasajeros. Los bandidos no perderían el tiempo asesinando á éstos, ni se pararían a disparar a menos que encontraran resistencia.

No sería la piedad lo que les haría contenerse, pues no conocían el significado de la palabra. Pero sólo querrían volar la puerta de la caja de caudales y huir.

Pete siguió galopando. Aguardaba el ruido de la explosión que le indicaría que había sido volada la caja de caudales. Su tensión era horrible. Era mucho mayor que la de hacer frente a revólveres relampagueantes. La suerte parecía haberle destinado aquella noche a sufrir algo peor que un suplicio chino. El tiempo era lo que le estaba derrotando. ¡El tiempo!

Aun se hallaba a cerca de una milla de la vía y los disparos habían cesado, cuando oyó la explosión, amortiguada esta vez, pareciendo un simple eco de la que levantara a la locomotora de la vía.. La tarea estaba hecha. Ya no tardarían los bandidos en iniciar la fuga.


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