El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Uno de ellos dio un grito de alarma e hizo girar a su caballo. Pete volvió a picar espuelas. Sus revólveres escupieron fuego. El bandido que había gritado cayó de su silla como una roca. Dos de los otros corrieron a refugiarse tras la locomotora; pero el cuarto se estaba echando el rifle a la cara: Éste disparó. Silbó el plomo alrededor de Pete.

Siguió disparando el revólver que llevaba en la mano derecha. Vio al bandido encogerse en su montura. El rifle cayó al suelo; pero el hombre siguió asido a la perilla de la silla y logró mantenerse detrás de la locomotora sin caer.

Una lluvia de balas silbó detrás de la misma. Pete la oyó silbar a su alrededor. Sintió como si le tiraran del sombrero al atravesarle dos proyectiles la copa. Había sido herido. Una de las balas le había hecho un surco en el cuero cabelludo. Se quitó el sombrero. Resultaba un blanco demasiado destacado en la oscuridad. Y gracias a que hubiera tal oscuridad. A la luz del día contra tantos no hubiera podido esperar salvarse de la muerte.

Un leve mareo le hizo tambalearse en la silla. Pero la herida era de poca importancia y lo sabía. Su cerebro jamás había estado más despejado. Funcionaba con suficiente claridad para impulsarle a saltar de su alazán, darle unos golpes en los costados para que se alejara de la zona de peligro y tirarse al suelo.


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