El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El sheriff montó sobre su alazán y cruzó la vÃa con sus hombres. Vio un grupo de pasajeros agrupados al lado de uno de los coches y se dio cuenta de que la tragedia no era tan grande como él se habÃa temido.
QuerÃa salir en persecución de los bandidos que se estaban alejando más y más. Pero su buen corazón se resistÃa a permitirle marcharse inmediatamente cuando vio que uno de los ferroviarios habÃa encendido una linterna y que varias personas estaban arrodilladas alrededor de un hombre caÃdo. Se apeó y corrió hacia ellas. El caÃdo gemÃa.
Alzó la mirada al abrirse Pete paso por entre la gente.
—¡Gracias a Dios que está usted aquÃ, Pete! —exclamó.
Era el sheriff Granger del distrito de Rico. DebÃa haber cruzado a caballo desde el extremo Noroeste del distrito y cogido el tren en Hutchinson, sin duda para ir a Coatchie y celebrar una entrevista con Pete Rice.
—¡SÃgales, Pete! ¡Apuesto por usted! —dijo Granger.
—Asà lo haré, compadre —contestó Pete, con dulzura.
Comprendió que a Granger le quedaba poco tiempo de vida.