El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Una investigación rápida le hizo ver, sin embargo, que otros heridos necesitaban asistencia médica con urgencia. Daba la casualidad que no viajaba doctor alguno en aquel tren. Los hombres estaban excitados; las mujeres histéricas. A través de todo el jaleo se oía el llanto de una criatura asustada.
Pete hizo una seña a Slim.
—Latcher, hay gente aquí que necesita los cuidados de un médico... con urgencia. Corra como el viento al Recodo de Sutter. Tienen telégrafo allí. Mande aviso de que acuda Harley y cualquier otro médico que haya en Coatchie. Telegrafíe a Hutchinson también: tienen un par de médicos allí. Póngase en marcha, compadre.
Una vez despachado Slim, Pete Rice corrió a su caballo y volvió a montar. Nada más podía hacer allí. Ni siquiera se detuvo a averiguar el número de muertos, y heridos. Empujó a Sonny hacia el Este, sin decir palabra, sus comisarios le siguieron.
Se hallaban de nuevo sobre la pista. Pete no se preocupó de su herida. La sangre se le había secado sobre la cabeza y la cara. Podría preocuparse de ella más tarde. Los segundos pudieran ser preciosos en aquellos momentos.