El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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—Thad tenía ojos de lince —dijo—. Echó los frenos en cuanto vio lo que había delante. Los echó tan fuerte, que yo salí despedido a tres metros de donde estaba sentado. Sólo el parachoques y la parte delantera de la locomotora recibieron toda la fuerza de la explosión.

Sacudió la cabeza, con tristeza y se estremeció.

—¡Caramba! ¡Debo tener destemplados los nervios por completo! O es eso, o es que hace mucho frío en la pradera esta mañana.

Pete miró hacia el Oeste, frunciendo el entrecejo. A muchas millas de distancia, un buitre describía círculos en el aire, recortado contra la luna.

—Hace frío, compadre —asintió Pete—. Pero va a hacer mucho calor para cierta gente antes de que transcurra mucho tiempo. ¡Recuerde usted mis palabras!

No aguardó a que amaneciera para volver a recorrer el camino que tan en vano habían seguido ya. Acompañado de sus comisarios y de Slim Latcher, que había vuelto de Recodo de Sutter, empezó a cabalgar hacia el Oeste otra vez.


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