El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Había calculado, con bastante exactitud, el punto sobre el que había estado volando aquel buitre solitario. Le recordó aquellos ruidos lejanos que le parecieran disparos. Dejó que los caballos de sus compañeros dieran la pauta, para la marcha. Iban a un galope corto que a veces se convertía en trote. Contuvo a Sonny, que siempre parecía dispuesto a volar.

La mente del sheriff era un laberinto de pensamientos. Sus ojos parecían pedernal y llevaba los labios muy apretados. Aquellos asesinos, se dijo, no eran pistoleros corrientes. Los proscritos habían merodeado por el Oeste durante muchos años. Continuarían haciéndolo mientras nacieran hombres con el corazón de piedra y el cerebro retorcido y mientras el oro sirviera para comprar lujos y caprichos.

Pero aquellos hombres eran los más desalmados que Pete había conocido en su vida de representante de la Ley. Eran más atrevidos, más ponzoñosos, más despiadados, más llenos de recursos. Les interesaba muy poco luchar en igualdad de condiciones. Querían luchar con todas las probabilidades a su favor y hacían sus planes por anticipado para asegurarse de que fuera así.

El sheriff se aproximó a Slim Latcher.

—Creo que dijo usted que salió del rancho de Buckland después de cenar anoche, Slim —dijo—. ¿Marchó usted solo?

Slim afirmó con la cabeza.


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