El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —SÃ. Nadie tenÃa que ir en la misma dirección que yo.
—Smiley Hanaford estaba en el rancho, ¿no?
—SÃ; pero se quedó. Está enamorado de la hija de Nels Olsen, capataz de Buckland. A Smiley le gustan las rubias.
—¿Cenaron con ustedes los Buckland?
—SÃ.
—Pero estaban en Coatchie muchas horas antes de que llegara usted.
—¿Eso no es de extrañar? Se fueron en el automóvil del hijo. ¡Y ese sesos de mosquito conduce a una velocidad suicida!
Pete guardó silencio unos instantes. Miraba, hacia el Oeste, donde habÃa visto al buitre. El cielo empezaba a tornarse gris. Amaneció cuando cruzaban una hondonada cubierta de exuberante hierba. Unas cuantas anillas más allá, al Oeste, se veÃan ya tres buitres.
—Vamos aprisa, muchachos —propuso Pete.
Pusieron los caballos al galope. Cruzaron la hondonada, subieron una leve pendiente, bajaron a otra hondonada y atravesaron por entre unos árboles y subieron unas colinas.
Al subir al descubierto otra vez, un par de buitres se alzó.