El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Era preciso que me ocurriera lo que me ha ocurrido —prosiguió por fin—, para que me diera cuenta de una cosa: de lo mucho que durante mi vida he hecho sufrir a mi madre. Mucho la he querido siempre, como sabéis; pero no me he parado nunca a reflexionar lo bastante para darme cuenta de que, aunque ella no haya querido jamás confesarlo, cada vez que emprendÃa yo una aventura quedaba ella con el alma en un hilo, sufriendo una angustia continua, sin saber si iba a volverme a ver o no. Viéndola, durante estas últimas semanas, observándola cuando ella me creÃa demasiado consumido por la fiebre para poder apreciar lo que a mi alrededor ocurrÃa, he comprendido, por fin, cuán horribles eran sus sufrimientos...
Dirigió una mirada llena de ternura a su madre, que, en aquellos instantes dormÃa en un diván del cuarto después de haberse pasado la noche en vela.
—Pero... —empezó a decir Butler.
—Déjame que acabe —le ordenó el sheriff—. Durante el tiempo que he permanecido en cama, he reflexionado mucho y he tomado una determinación: hacer lo más felices posible los últimos años de la existencia de mi madre. ¡Bien merecido se lo tiene la pobrecilla!
—¿Qué quieres decir con eso? —inquirieron Butler y «Miserias» a coro.
—Que me retiro. Que dejo desde este momento de ser sheriff de Quebrada del Buitre.