El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Me pienso quedar aquà hasta que se me arregle este brazo. El doctor Harley quiere examinármelo una vez al dÃa.
—Bueno, pues gracias por su informe —dijo Pete—. Le llamarÃamos si deseáramos conocer más detalles.
Grady movió afirmativamente la cabeza, y se marchó. Pete vio una expresión de perplejidad en el semblante de Dode Leeming.
—¿Cree usted que pudiera estar ese hombre complicado en el asunto, Leeming? —preguntó Pete.
El interpelado se rascó la cabeza.
—Me lo estaba preguntando. No serÃa la primera vez que el vigilante de una mina hiciera alguna trastada. Y parece la mar de raro que hayan tratado a su primo y le hayan perdonado a él la vida.
Se puso en pie y paseó de un lado para otro.
—Le apreté un poco en eso del gemido de trasgo: Pensé que a lo mejor habrÃa oÃdo hablar de los gemidos de la otra noche y que habrÃa inventado eso para que su historia sonara más verdad.
—¿Los gemidos de la otra noche? —inquirió Pete—. ¿Qué quiere usted decir?
Dode Leeming sonrió, algo avergonzado.