El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Se acercó cautelosamente a la cabaña de nuevo. Oyó una voz dentro:
—Me ha dado en los dos hombros, pero aun puedo sujetar una escopeta. Y... ¡le haré trizas como toque es puerta!
—¡Inténtelo si se atreve, amigo! —contestó Pete, sombrÃo—. Pero le creo a usted un poco más sensato. Está usted jugando con la Ley ahora y le aconsejo que se arrastre hasta la puerta y la abra: ¡Le doy diez segundos para hacerlo!
Reinó el silencio unos instantes en la cabaña. Luego:
—Está bien. Ha habido una mala interpretación. No puedo arrastrarme hasta la puerta. Échela abajo. Le engañaba cuando dije que tenÃa una escopeta.
—Si sigue engañándome, lo va a pasar usted muy mal. Voy a echar abajo la puerta. Y... ¡tengo dos revólveres en las manos!
Dio una carga contra la puerta y luego retrocedió rápidamente. El hombre que habÃa dentro tal vez estarÃa meditando alguna nueva traición; pero Pete estaba decidido a liquidar el asunto de una vez. TenÃa la completa seguridad de que habÃa dado con un individuo de gran importancia, una pista segura.
No sonó disparo alguno en el interior.
—Un poco mas fuerte —dijo una voz que expresaba dolor—. No estoy preparando nada.