El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Pete cargó contra la puerta vez tras vez. Por fin se astilló el lado izquierdo y, a la vez siguiente, el sheriff se vio precipitado en el cuarto.

—Hay un cabo de vela sobre la mesa, a la derecha de la puerta —dijo una voz ronca—. Enciéndala —la voz pareció apagarse—. Estoy sangrando, como un cerdo. Siento... como si... estuviera... muriéndome...

Pete sacó una cerilla y la rascó en la suela de la bota. Antes de encender el cabo que vio pegado a la tosca mesa con su propia grasa, se acercó y echó una mirada a la figura que yacía cerca de la ventana. El hombre fuera quien fuese, se había desmayado. No tenía escopeta alguna a su lado. El revólver —descargado— yacía a unos tres metros de su cabeza.

Encendió la vela y, cuando la arrancaba de la mesa y se dirigía con ella al herido, Dode Leeming entró, cojeando, en la cabaña.

—Esta herida de la ingle no tiene importancia —dijo—. Puedo vendármela aquí. Este hombre parece estar en peor estado, ¿eh?

Pete movió afirmativamente la cabeza. Se agachó e hizo un rápido examen.

—Pero vivirá —dijo—. Es una buena cosa. Este hombre puede decir mucho, si quiere.


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