El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Encontró una linterna en un estante, con unas latas de conserva. La abrió y la encendió. Tenía poco petróleo. Ardería sólo unos minutos y daba muy poca luz. Pero entre ella y la vela, proporcionaban iluminación suficiente para que Pete vendara la herida de Leeming rápidamente y luego se dedicara al hombre que aun seguía sin conocimiento. La única ropa que pudo encontrar Pete en la cabaña era una serie de trapos sucios, con que hizo vendas con tiras de su propia camisa. Había trasladado al hombre junto a la puerta, para que le diera el aire del desierto; había colocado da linterna en el umbral y la vela a pocos centímetros de distancia. Las manos grandes y encallecidas trabajaron con habilidad de cirujano. Era experto en el arte de hacer primeras curas en el caso de heridas leves de arma de fuego y pronto cortó la hemorragia.
Por fin se levantó, alzó al colono hasta su litera y se acercó a un cubo para lavarse las manos.
—Recobrará el conocimiento dentro de unos minutos —le dijo a Leeming—. Sabe algo, eso es seguro.
Se metió otra pastilla de goma de mascar en la boca.
—Tal vez tengamos la suerte de encontrar la solución del misterio ahora mismo —agregó—. Pero... ¡qué rayos! Siempre desconfío de las cosas que parecen demasiado fáciles. Sea como fuere, esperaremos.