El trasgo del desierto
El trasgo del desierto “¡HA SIDO ASESINADO!”
El cerebro de Pete funcionó con rapidez de relámpago. Su aguda mirada había distinguido la silueta de un hombre tras la ventana, al resplandor de los fogonazos. Parecía estar disparando con la mano izquierda. Evidentemente, el disparo le había alcanzado en el hombro derecho y había tenido que cambiar el revólver de mano.
El sheriff tiró otra vez a la altura del hombro. Aquella vez se oyó el ruido de un cuerpo pesado que caía al suelo. Pete corrió al lado de Dode Leeming. Éste no había caído; pero el dolor le había hecho perder la cautela. Se había erguido, soltado el revólver y se sacudía la pierna derecha.
—¡Me dio en la ingle! —dijo—. No es gran cosa, pero duele como el mismísimo demonio. La verdad es que me estoy convirtiendo en un veterano cubierto de cicatrices.
Aun cuando Leeming era casi tan alto como Pete Rice, era delgado a más no poder y el sheriff pudo alzarle sin dificultad y trasladarle a lugar seguro entre los sauces.
—Usted quédese aquí, compadre —le aconsejó—. De momento por lo menos. Voy a echar abajo esa puerta y ver lo que hay dentro..
