El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Éste había de coger el tren, a primera hora de la mañana, para Empalme de Desierto, con el fin de dar con el paradero del misterioso «J. T.» El pequeño comisario estaba encantado con el encargo.

Pete Rice sabía que la tarea pudiera no ser fácil; pero Hicks era el más indicado para llevarla a cabo con éxito. El amigo de Smith quizá no se hallaría en Empalme del Desierto ya. Pudiera haber varias personas allí cuyas iniciales fuesen «J. T.» y, por añadidura, el sheriff no había dejado de pensar en la posibilidad de que las letras fuesen alguna clave para identificarse y no las iniciales de una persona.

Pero Hicks «Miserias», con la experiencia que tenía como barbero, su curiosidad nativa y su genio para averiguar las cosas, lograría triunfar plenamente. El pequeño barbero comisario parecía tener olfato de perro sabueso y tenacidad de terrier. Mientras los voluntarios rondaban por los alrededores del despacho, la aguda mirada de Pete Rice no había dejado de notar al elegante Standish Buckland que se paseaba de un lado para otro en la acera de enfrente, mirando furtivamente hacia el despacho.

Los movimientos del hijo del presidente del Banco le intrigaron bastante hasta qué, a eso de las cuatro, el joven entró en el despacho y dijo:

—He estado intentando hallar ocasión de hablar con usted a solas, sheriff.


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