El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Hizo un gesto en dirección a los comisarios.

—No me importa que se hallen presentes estos señores, claro está. Quería decir que no deseaba que toda esa gente, todos esos ociosos, oyeran lo que quiero proponer.

Buckland hablaba con cierto aplomo. Se sentó tranquilamente sobre la mesa.

—Vengo aquí con un fin determinado dijo —. El viejo cree que no seré yo nunca un buen ranchero. El viejo es demasiado anticuado. Está haciendo las cosas empleando los procedimientos de hace treinta años.

—Y... ¿quién es el «viejo»? —inquirió Pete, con sequedad, aun cuando sabía de sobra, lo que el otro quería decir. Standish ni siquiera se ruborizó.

—EL hombre a quien tengo por padre —dijo—. Después de todo, ¿qué es más que un viejo?

—Y... ¿cuál es el fin determinado con que ha venido usted aquí?

—Se trata de una idea que se me ocurrió. Logré convencer al viejo para que accediera a ella. Creo que esos bandidos tienen espías en la población. Se me ocurrió que podíamos intentar hacerles caer en una trampa.

—¿Cómo?

—Tenemos unas cuantas reses escogidas en Cañón del Norte desde hace unos días. Se hubieran embarcado ya, de no haber sido por todo este jaleo. Hemos tenido una docena de vaqueros al cuidado de ellas allí.


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