El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El joven sacó una pitillera de plata, extrajo un cigarrillo y lo encendió.
—Hoy era dÃa de pago. Papá querÃa quedarse con todos los hombres. Pero yo dije que no. Le dije que deberÃamos dejar que más de la mitad de ellos vinieran a la población, se emborracharan y hablaran. ConservarÃamos a unos cuantos hombres de confianza con las reses; pero demasiado pocos para tentar a los cuatreros.
Exhaló una nube de humo. Pete Rice estaba estudiando su rostro.
—Los muchachos a quienes se dé permiso para venir a la estación no estarán en el secreto. No estoy muy seguro de los caballos de fuerza que desarrollan sus cerebros. Si estuvieran en el secreto, podrÃan echarlo a perder todo. Que obren con naturalidad... como tontos.
Hicks «Miserias», que se habÃa criado en un paÃs vaquero y no era muy hábil en eso de ocultar sus sentimientos, emitió un sonido ahogado de exasperación. Buckland no pareció darse cuenta de ello.
—No tardarÃa en correr la noticia de lo fácil que resultarÃa robar el ganado de Cañón del Norte —prosiguió éste—. Es casi seguro que los cuatreros y los salteadores del Banco son de la misma cuadrilla.
—¿Tiene usted la intención de preparar un grupo de hombres para tender una emboscada a los cuatreros si intentaran algo esta noche? —inquirió Pete.