El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —¡Eran cuatreros, en efecto! Cayeron en la trampa. Nosotros estábamos en esa hondonada, detrás del árbol. Parecieron salir de la nada. De pronto relampagueó. Uno de ellos se engalló. Disparó el revólver contra nosotros. ¡Le enganchamos!
—¿Quiénes?
—Smiley y yo.
El viejo volvió a reír. Era una risa de orgullo aquella vez.
—El otro dio la vuelta a su caballo para huir. Standish le dio a ése... con su rifle. ¡Me parece qué este hijo mío aun me saldrá ranchero!
Pete Rice mascó goma lentamente.
—¿Estos eran todos?
Buckland volvió a reír.
—Que me registren, sheriff. Que me ahorquen si lo sé. Tal vez no fueran más que los exploradores. Quizá tuvieran compañeros escondidos en las sombras; pero si así era, esos otros no querían parte alguna en el recibimiento que dispensamos a este par de coyotes.
—Yo oí la mar de disparos —objetó Pete.
—Hubo muchos disparos. El primer cuatrero vació su revólver. Luego Smiley le derribó de un balazo en la pierna. Yo le rematé, para que no pudiera sanar y volver a robarle el ganado a la gente honrada. Y Standish vació casi por completo su rifle en el cuerpo de ese otro.
Una oleada de ira invadió al sheriff.