El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Smiley había derribado al primer cuatrero de un balazo, en la pierna. Eso significaba que, aun cuando el cuatrero es taba herido y podía haber sido hecho prisionero, Tomás Buckland le había matado. Y Standish, por añadidura, había vaciado casi toda la carga de su rifle cuando un solo disparo hubiera bastado para inutilizar al segundo cuatrero.

—Lástima que uno de ellos no quedara herido. Tal vez hubiéramos averiguado algo —dijo, expresivamente.

—¡Probablemente no hubiéramos averiguado nada en absoluto! ¡Yo no quiero que mis enemigos queden heridos! ¡No, señor! ¡Los quiero muertos! ¡Los quiero enterrados! Así no pueden volver a hacer daño. Además no era prudente tumbarles sólo y darles ocasión á que empezaran a disparar contra nosotros si se presentaban sus compañeros para apoyarles.

Numerosos pensamientos pasaron por el cerebro de Pete; pero no los expresó. Se dominó la ira. Nada dijo. Sus palabras de nada servirían.

No podían permitirse el lujo de enemistarse con Tomás Buckland. Tomás era el rey absoluto de Coatchie. Una palabra suya bastaría para que a Pete y a sus comisarios les obligaran a volver al distrito de Trinchera sin haber esclarecido el misterio. Y Pete Rice siempre intentaba acabar lo que empezaba.


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