Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias Encima de estas tres habitaciones, bajo el tejado, había un gabinete para Luigi, una cocina y una habitación para el servicio. Ginevra quedó satisfecha de su pequeño dominio, aunque la vista estuviera algo limitada por la gran pared de una casa vecina y el patio de donde venía la luz fuera algo oscuro. Pero los dos amantes sentían el corazón alegre, la esperanza embellecía tan bien el porvenir, que no quisieron ver más que encantadoras imágenes en su misterioso asilo. Se hallaban al fondo de aquella vasta casa y perdidos en la inmensidad de París como dos perlas en su concha, en el seno de los mares profundos: para cualquier otra persona habría sido una cárcel, para ellos fue un paraíso. Los primeros días de su unión pertenecieron al amor. Les resultó demasiado difícil consagrarse de pronto al trabajo, y no supieron resistir al hechizo de su propia pasión. Luigi permanecía horas enteras acostado a los pies de su mujer admirando el color de sus cabellos, la belleza de su frente, sus ojos maravillosos, la pureza, la blancura de los dos arcos bajo los cuales se deslizaban lentamente al expresar la dicha de un amor satisfecho. Ginevra acariciaba los cabellos de su Luigi sin cansarse de contemplar, según una de sus expresiones, la beltà folgorante de aquel joven, la belleza de sus rasgos, constantemente seducida por la nobleza de sus maneras, como ella le seducía siempre a él por la gracia de las suyas. Jugaban como niños con naderías; estas naderías les conducían siempre de nuevo a su pasión, y no cesaban en sus juegos más que para caer en el far niente. Una tonada cantada por Ginevra les reproducía los matices deliciosos de su amor. Luego, uniendo sus pasos tal como habían unido sus almas, recorrían los campos encontrando su amor en todas partes, en las flores, en los cielos, en el seno de los arreboles del sol poniente; lo leían en las nubes caprichosas que se combatían en los aires. Un día no se parecía jamás al precedente; su amor iba creciendo porque era verdadero. Habíanse probado mutuamente en unos pocos días e instintivamente habían reconocido que sus almas eran de aquéllas cuyas riquezas inagotables parecen prometer constantemente nuevos goces para el futuro. Era el amor en toda su ingenuidad, con sus charlas interminables, sus frases inacabadas, sus largas pausas, su reposo oriental y el ardor de la pasión. ¿Acaso el amor no es como el mar, que, visto superficial o apresuradamente, es acusado de monotonía por las almas vulgares, mientras que ciertos seres privilegiados pueden pasar su vida entera admirándolo, hallando en él sin cesar fenómenos cambiantes que les fascinan?