Cuentos filosoficos

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Aquel venerable anciano estaba leyendo el Evangelio manteniéndose de pie ante el amo en una respetuosa actitud. El duque, parecido a esos viejos leones de feria que llegan a una decrepitud aún llena de majestad[147], se volvió hacia otro hombre canoso y le tendió un brazo descarnado, cubierto de vello ralo, aún nervudo, pero sin vigor.

—Ahora vos, saludador —exclamó—, ved cómo estoy hoy.

—Todo va bien, mi señor, y ha cesado la fiebre. Viviréis aún largos años.

—Quisiera ver aquí a Maximilien —prosiguió el duque dejando escapar una sonrisa de gusto—. ¡Qué criatura tan valiente! Ese bravo muchacho ahora capitanea una compañía de arcabuceros en casa del Rey. El mariscal de Ancre[148] se ha fijado en mi muchacho, y nuestra graciosa reina Marie está pensando en emparentarlo bien, ahora que le han ascendido a duque de Nivron[149]. Así que mi nombre se continuará dignamente. El muchacho ha hecho prodigios de valor en el ataque…

En aquel momento llegó Bertrand con una carta en la mano.

—¿Qué es esto? —dijo con vivacidad el viejo señor.

—Un despacho traído por un correo que os envía el rey —contestó el escudero.


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