Cuentos filosoficos

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—¡El Rey y no la reina madre! —exclamó el duque—. Pues ¿qué ocurre? ¿Es que van a volver a tomar las armas los hugonotes, testa divina de reliquias llena? —prosiguió el duque alzándose y arrojando una mirada chispeante sobre los tres ancianos—. Yo armaría otra vez a mis soldados, y, con Maximilien a mi lado, Normandía…

—Sentaos, mi buen señor —dijo el saludador preocupado de ver al duque entregándose a una bravata peligrosa en un convaleciente.

—Leed, maese Corbinau —dijo el anciano tendiendo el despacho a su confesor.

Aquellos cuatro personajes componían un cuadro lleno de enseñanzas para la vida humana. El escudero, el sacerdote y el médico, encanecidos por los años, los tres de pie ante su amo sentado en su sillón, y no lanzándose unos a otros sino pálidas miradas, traducían cada uno una de esas ideas que acaban por apoderarse del hombre al borde de la tumba. Intensamente iluminados por un último rayo del sol poniente, aquellos hombres silenciosos componían un cuadro sublime en melancolía y fértil en contrastes. Aquella habitación oscura y solemne en la que nada había cambiado desde hacía veinticinco años enmarcaba bien aquella página poética, llena de pasiones apagadas, entristecida por la muerte, llena por la religión.


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