Cuentos filosoficos

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—Pero —le dije yo— está usted provocando nuestra curiosidad sin satisfacerla. ¿Sabe usted lo que le llevó ahí? ¿Fue el dolor, fue el arrepentimiento, fue una manía, fue un crimen, fue…?

—¡Eh! Señor, apenas nadie más que mi padre y yo sabemos la verdad de la cosa. Mi difunta madre servía a un hombre de justicia a quien Cambremer se lo contó todo por orden del sacerdote, que no le dio la absolución más que con esa condición, si hemos de creer a la gente del puerto. Mi pobre madre oyó a Cambremer sin quererlo, porque el justiciero tenía la cocina al lado de la sala, ¡y escuchó! Murió; el juez que escuchó está también difunto. Mi madre nos hizo prometer, a mi padre y a mí, que no iríamos a referirles nada a la gente de la tierra, pero a ustedes puedo decirles que la noche que mi madre nos contó eso, a mí me chisporroteaban los pelos en la cabeza.

—Bueno, pues dínoslo, muchacho, nosotros no se lo contaremos a nadie.

El pescador nos miró y continuó así:



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