Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos —Pierre Cambremer, a quien han visto ahí, es el mayor de los Cambremer, que de padres a hijos son marineros; su nombre lo dice, el mar siempre se ha doblegado debajo de ellos. El que ustedes han visto se había hecho pescador de barco. De modo que tenía barcas, salía a pescar la sardina, también pescaba los peces de altura para los asentadores. Hubiese armado un navío y pescado el bacalao de no haber querido tanto a su mujer, que era una mujer muy guapa, una Brouin de Guérande, una real moza, y que tenía buen corazón. Quería tanto a Cambremer que jamás quiso que su hombre la dejase más que el tiempo necesario para la pesca de la sardina. Vivían allá, ¡miren! —dijo el pescador subiéndose a una eminencia para mostrarnos un islote[44] en el pequeño brazo de mar que se halla entre las dunas por las que íbamos y las salinas de Guérande—, ¿ven aquella casa? Era de él. Jacquette Brouin y Cambremer no tuvieron más que un hijo, un niño al que quisieron… ¿cómo a qué diría yo? ¡Diantre! Como se quiere a un hijo único; locos los tenía. Sin faltarles a ustedes, el niño Jacques se podía haber hecho sus cosas en el puchero, que a ellos les habría parecido que era azúcar. ¡Anda que no les vimos veces, en la feria, comprando las joyuelas más bonitas para él! Aquello era una sinrazón, todo el mundo se lo decía. El niño Cambremer, viendo que se le consentía todo, se volvió malvado como un asno bermejo. Cuando venían a decirle a Cambremer padre: «¡Por poco mata su hijo a Fulano el pequeño!», se reía y decía: «¡Bah! ¡Mi hijo será un marino orgulloso! Mandará las flotas del Rey». Otro: «Pierre Cambremer, ¿sabe usted que su chico le ha sacado un ojo a la niña de los Pougaud?». «Le gustarán las chicas», decía Pierre. Todo le parecía bien. De modo que aquel pequeño mastín, con diez años, pegaba a todo el mundo y se entretenía cortándoles el cuello a las gallinas, destripaba los cerdos, en fin, se revolcaba en la sangre como una garduña. «¡Será un soldado de marca!, decía Cambremer, le tiene gusto a la sangre». Fíjense ustedes, yo me acordé después de todo aquello —dijo el pescador—. Y Cambremer también —añadió tras una pausa—. Con quince o dieciséis años, Jacques Cambremer era… ¿el qué? Un tiburón. Iba a divertirse a Guérande, o a presumir de palmito en Savenay[45]. Pero necesitaba cuartos. Conque se puso a robarle a su madre, que no se atrevía a decirle nada a su marido. Cambremer era hombre de una honradez capaz de hacerse veinte leguas para devolverle a alguien dos sueldos que le hubieran dado de más en una cuenta. En fin, un día, la madre quedó despojada de todo. Durante una pesca de su padre, el chico se llevó el aparador, el arcón, las sábanas, la ropa blanca, no dejó más que las cuatro paredes, lo había vendido todo para ir a hacer sus enjuagues a Nantes. La pobre mujer se pasó llorando dos días y dos noches. Había que decírselo al padre cuando volviera, ella tenía miedo del padre, ¡no por sí misma, quiá! Cuando volvió Pierre Cambremer y vio su casa amueblada con unos muebles que le habían prestado a su mujer, dijo: «¿Esto qué es?». La pobre mujer estaba más muerta que viva, dijo: «Nos han robado». «¿Y dónde está Jacques?». «Jacques se ha ido de parranda». Nadie sabía dónde se había ido el muy tunante. «¡Se divierte demasiado!», dijo Pierre. Seis meses más tarde, el pobre padre se enteró de que su hijo iba a ser apresado por la justicia en Nantes. Hace el camino a pie, va más deprisa que por mar, le echa mano a su hijo y se lo trae aquí. No le preguntó: «¿Qué has hecho?». Le dijo: «Si no te portas como es debido dos años aquí con tu madre y conmigo, yendo a pescar y conduciéndote como un hombre honrado, te las verás conmigo». El otro, rabioso, contando con la estupidez de su padre y su madre, le hizo burla. Pierre, en ésas, le suelta un revés que Jacques se pasó seis meses en la cama. La pobre madre se moría de pena. Una noche, estaba durmiendo apaciblemente al lado de su marido, oye ruido, se levanta, le dan una cuchillada en el brazo. Grita, buscan luz. Pierre Cambremer ve a su mujer herida; cree que es un ladrón, como si en nuestra tierra los hubiera, que puede uno llevar sin temor diez mil francos de oro del Croisic a Saint-Nazaire[46] sin tener que oír que le pregunten lo que lleva debajo del brazo. Pierre busca a Jacques, y no encuentra a su hijo. ¿Se creerán ustedes que, por la mañana, el monstruo de él tuvo el descaro de volver diciendo que había ido a Batz? He de decirles que su madre no sabía dónde esconder el dinero. Cambremer, por su parte, metía el suyo en casa de M. Dupotet[47] del Croisic. Las locuras de su hijo se les habían comido que si cien escudos[48], que si cien francos, que si unos luises[49] de oro; estaban prácticamente arruinados, y eso era duro para una gente que contaba con doce mil libras, incluido el islote. Nadie sabe lo que dio Cambremer en Nantes para recuperar a su hijo. La desgracia arrasaba a la familia. Le habían ocurrido varias desgracias al hermano de Cambremer, que necesitaba socorro. Pierre le decía para consolarle que Jacques y Pérotte (la hija de Cambremer el pequeño) se casarían. Luego, para darle a ganarse el pan, lo empleaba en la pesca; porque Joseph Cambremer se había visto reducido a vivir de su trabajo[50]. Su mujer había perecido de la fiebre, había que pagar los meses de ama de cría de Pérotte. La mujer de Pierre Cambremer debía una cantidad de cien francos a distintas personas por aquella criatura, ropa blanca y de la otra, y dos o tres meses a la Frelu la mayor, que tenía un niño de Simon Gaudry y que criaba a Pérotte. La Cambremer había cosido una moneda de España a la lana del colchón, poniendo encima: De Pérotte. Había recibido mucha educación, escribía como un forense, y había enseñado a leer a su hijo, y eso fue lo que le perdió. Nadie supo cómo fue aquello, pero el bribón del Jacques había olfateado el oro, lo había cogido y se había ido de jarana al Croisic. El bueno de Cambremer, como hecho de intento, volvía a su casa con su barca. Al arribar, ve flotando un papel, lo coge, se lo lleva a su mujer, que se cae de espaldas al reconocer sus propias palabras escritas. Cambremer no dice nada, va al Croisic, allí se entera de que su hijo está en el billar; para entonces, manda llamar a la paisana que regenta el café y le dice: «Le tenía dicho a Jacques que no utilizase una moneda de oro con la que le va a pagar a usted; devuélvamela, yo estaré esperando en la puerta y le daré dinero blanco[51] a cambio». La paisana le trajo la moneda. Cambremer la coge diciendo: «¡Bueno!», y vuelve a su casa. Todo el pueblo se enteró de aquello. Pero ahora viene lo que yo sé y que los demás no hacen más que figurárselo a bulto. Le dice a su mujer que aperciba la habitación de ellos, que está en lo bajo; hace fuego en la chimenea, enciende dos velas, coloca dos sillas a un lado del hogar y pone al otro lado un escabel. Luego le dice a su mujer que le prepare el traje de bodas, ordenándole que desempolve el suyo también. Se viste. Una vez vestido, va a buscar a su hermano y le dice que monte guardia delante de la casa para avisarle si oye ruido en los dos arenales, este y el de las salinas de Guérande. Vuelve a entrar cuando considera que está vestida su mujer, carga un fusil y lo esconde en el rincón de la chimenea. En estas que vuelve Jacques; vuelve tarde; se había estado bebiendo y jugando hasta las diez; tenía encargado que le pasaran en la punta de Carnouf[52]. Su tío le oye vocear, va a buscarlo al arenal de las salinas y le pasa sin decir nada. Cuando entra, su padre le dice: «Siéntate ahí», señalándole el escabel. «Estás, dice, ante tu padre y tu madre, a los que has ofendido, y que deben juzgarte». Jacques se puso a berrear porque el rostro de Cambremer estaba retorcido de modo singular. La madre estaba más tiesa que un remo. «Si gritas, si te mueves, si no te estás como un mástil en ese escabel, dijo Pierre apuntándolo con el fusil, te mato como a un perro». El hijo se quedó mudo como un pez; la madre ni rechistó. «Aquí tengo, dice Pierre a su hijo, un papel que envolvía una moneda de oro española; la moneda de oro estaba en la cama de tu madre; tu madre era la única que sabía el sitio donde la había puesto; el papel me lo he encontrado yo en el agua al arribar aquí; tú le acabas de dar esta noche esta moneda de oro española a la tía Fleurant, y tu madre no ha vuelto a ver su moneda en la cama. Explícate». Jacques dijo que él no había cogido la moneda de su madre, y que aquella moneda le había quedado de Nantes. «Mejor que mejor, dijo Pierre. ¿Cómo puedes demostrarnos eso?». «La tenía yo». «¿No cogiste la de tu madre?». «No». «¿Puedes jurarlo por tu vida eterna?». Iba a jurarlo; su madre alzó los ojos hacia él y le dijo: «Jacques, hijo mío, ten cuidado, no jures si eso no es verdad; puedes enmendarte, arrepentirte; todavía estás a tiempo». Y se echó a llorar. «Es usted una esto y una lo otro, le dijo él, que siempre ha querido mi perdición». Cambremer palideció y dijo: «Eso que acabas de decirle a tu madre engrosará tu cuenta. Vamos al caso. ¿Juras?». «Sí». «Mira, dijo, ¿tenía tu moneda pintada esta cruz que había hecho en la nuestra el vendedor de sardinas que me la dio?». Jacques se desengañó y se echó a llorar. «Ya está bien de hablar, dijo Pierre. No te digo nada de lo que has hecho antes que esto, no quiero que a un Cambremer le den muerte en la plaza del Croisic. ¡Reza tus oraciones, y démonos prisa! Va a venir un sacerdote para confesarte». La madre había salido para no oír condenar a su hijo. Una vez que estuvo fuera, vino Cambremer el tío con el rector de Piriac[53], al que Jacques no quiso decir nada. Era astuto, conocía a su padre lo bastante como para saber que no le mataría sin confesión. «Gracias, perdónenos, padre, dijo Cambremer al sacerdote cuando vio la obstinación de Jacques. Yo quería darle una lección a mi hijo y rogarle a usted que no dijera nada». «Tú, le dijo a Jacques, si no te enmiendas, a la primera que hagas se acabó, y terminaré con esto sin confesión». Lo mandó a acostar. El niño aquello se lo creyó[54] y se imaginó que podría reconciliarse con su padre. Se durmió. El padre se quedó velando. Cuando vio que su hijo estaba en lo hondo de su sueño, le tapó la boca con cáñamo, se la vendó con una tira de vela bien apretada; luego le ató las manos y los pies. Él rabiaba, lloraba sangre, le decía Cambremer al justiciero. ¡Qué quiere usted! La madre se arrojó a los pies del padre. «Juzgado está, fue y dijo él, tú me vas a ayudar a meterlo en la barca». Ella se negó. Cambremer lo metió él solo, lo amarró al fondo, le echó una piedra al cuello, salió de la dársena, se adentró por el mar y llegó a la altura de la roca en la que está. Para entonces, la pobre madre, que se había hecho traer hasta aquí en barca por su cuñado, por más que gritó ¡piedad!, lo mismo le aprovechó que una piedra a un lobo. Había luna, vio al padre arrojar al mar a su hijo, al que todavía llevaba agarrado a las entrañas, y como no hacía aire, oyó ¡pluf!, y luego nada, ni huella, ni burbuja; menudo guardián es el mar, ¡bueno! Al arribar aquí para callar a su mujer que gemía, Cambremer la halló casi muerta, les fue imposible a los dos hermanos llevarla, hubo que meterla en la barca que acababa de usarse para el hijo, y la trajeron a su casa dando la vuelta por el paso del Croisic. ¡Ah!, pues la Brouin la guapa, como la llamaban, no duró ni ocho días; murió pidiéndole a su marido que quemara aquella maldita barca. ¡Oh! Y lo hizo. Él se desatalentó, ya ni sabía lo que quería; se tambaleaba al andar como un hombre con mal vino. Después hizo un viaje de diez días, y volvió para ponerse donde le han visto ustedes, y desde que está ahí no ha dicho una palabra.