Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Volvimos al Croisic por las salinas, por cuyo dédalo nos condujo el pescador, que se había quedado callado como nosotros. La disposición de nuestras almas había cambiado. Ambos estábamos sumergidos en funestas reflexiones, entristecidos por aquel drama que explicaba el rápido presentimiento que de él habíamos tenido ante la apariencia de Cambremer. Los dos teníamos suficiente conocimiento del mundo para adivinar de aquella triple vida todo lo que nos había callado nuestro guía. Las desdichas de aquellos tres seres se reproducían ante nosotros como si las hubiésemos visto en los cuadros de un drama que aquel padre coronaba expiando su crimen necesario. No nos atrevíamos a mirar el acantilado en el que estaba el hombre funesto que infundía miedo a toda una comarca. Unas cuantas nubes embrumaban el cielo; en el horizonte se alzaban vapores, nosotros íbamos andando por medio de la naturaleza más acremente sombría que nunca me he tropezado[55]. Hollábamos una naturaleza que parecía sufriente, enfermiza; unas salinas, que con todo derecho se pueden llamar las escrófulas de la tierra. En ellas, el suelo está dividido en cuadrados desiguales de forma, encajados todos por enormes taludes de tierra gris, llenos todos de un agua salobre, a cuya superficie sube la sal. Esos barrancos hechos de mano de hombre están interiormente repartidos en bancales, por los que van andando unos obreros armados con largos rastrillos, con ayuda de los cuales espuman aquella salmuera, y traen a unas plataformas redondas practicadas de trecho en trecho esa sal cuando está buena para hacerla montones. Durante dos horas bordeamos aquel triste ajedrezado, en el que la sal con su abundancia ahoga la vegetación, y en el que no distinguíamos de tarde en tarde sino a algunos paludiers, nombre dado a los que cultivan la sal. Esos hombres, o más bien ese clan de bretones, llevan un traje especial, una chaquetilla blanca[56] bastante parecida a la de los cerveceros. Se casan entre ellos. No hay ejemplo de que una sola muchacha de esa tribu se haya casado con otro hombre que no sea un paludier. El horrible aspecto de esos pantanos, cuyo barro estaba simétricamente rastrillado, y de aquella tierra gris de la que se espanta la flora bretona, armonizaba con el luto de nuestra alma[57]. Cuando llegamos al sitio en el que se pasa el brazo de mar formado por la irrupción de las aguas en aquel fondo, y que seguramente sirve para surtir a las salinas, distinguimos con gusto las flacas vegetaciones que adornan las arenas de la playa. En la travesía[58], atisbamos en el medio del lago la isla en la que residen los Cambremer; volvimos la cabeza.